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Capitalismo Inclusivo de la economía social y solidaria

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El término economía social y solidaria hace referencia a un conjunto heterogéneo de concepciones y enfoques teóricos, realidades socio-económicas e institucionales, y prácticas empresariales y asociativas que, desde el último cuarto del siglo XX, vienen desarrollando un creciente sentido de pertenencia a una forma diferente de entender el papel de la economía y los procesos económicos en las sociedades contemporáneas. Por lo tanto, se puede decir que la Economía Solidaria es un fenómeno complejo con diferentes facetas: económicas, sociales, políticas, culturales y ambientales, que se constituyen en un proyecto ético de vida.

Entre diversas definiciones que hay de economía social y solidaria, es de interés considerar la de José Coraggio: “El sistema de procesos de producción, distribución, circulación y consumo que, a través de principios, instituciones y prácticas , que en cada momento histórico, organizan las comunidades y sociedades para obtener las bases materiales de resolución de necesidades y deseos legítimos de todos sus miembros, actuales y de generaciones futuras, de modo, que permitan la reproducción y desarrollo de la vida, sosteniendo los equilibrios psíquicos, [individuales], interpersonales, entre comunidades y con la naturaleza.”

En definitiva, cuando hablamos de economía social y solidaria, hablamos de principios éticos que aspiran a ser normativos en el desarrollo de las prácticas y en el impulso de las políticas económicas. En este contexto, la Carta de Principios de la Economía Solidaria, establece que la economía solidaria es un enfoque de la actividad económica que tiene en cuenta a las personas, el medio ambiente y el desarrollo sostenible y sustentable, como referencia prioritaria por encima de otros intereses.

Bajo fórmulas variadas aproximaciones heterodoxas, la economía social y solidaria, también llamada Economía Solidaria; promueve  una manera de vivir que abarca la integralidad de las personas y designa la subordinación de la economía a su verdadera finalidad, que no es otra, que proveer al ser humano, de manera sostenible y sustentable, las bases materiales para su desarrollo personal, social en armonía con el ambiente y la sociedad. En el marco de la tradición de la Economía Solidaria, se pretende incorporar a la gestión de la actividad económica, los valores universales que deben regir la sociedad y las relaciones entre los seres humanos: equidad, justicia, fraternidad económica, solidaridad,  democracia directa o representativa, libertad y altruismo en el plano individual. Y, en tanto que una nueva forma de producir, de consumir y de distribuir, se propone como una alternativa viable, sostenible y sustentable, para la satisfacción de las necesidades individuales y globales, aspirando a consolidarse como un instrumento de transformación en la economía digital.

Como ha puesto de relieve un reciente informe del Observatorio Empresarial para el Crecimiento Inclusivo (OEPCI), «existe un consenso relativamente generalizado de que la crisis social y económica provocada por la pandemia ha despertado también la urgencia por desarrollar algunas políticas, adaptar modelos de negocio con impacto social o diseñar productos y servicios de forma que ayuden a los diferentes grupos de interés: desde los clientes hasta los proveedores o consumidores finales».

Y todo ello, sin renunciar al beneficio económico, sino al contrario. La responsabilidad social de la empresa no es algo nuevo, pero si hubiera que buscar un momento fundacional para el concepto de capitalismo inclusivo, tal vez se podría situar en mayo del 2014, en Londres, con ocasión de la Conferencia para un Capitalismo Inclusivo organizada por Lady Lynn Forester de Rothschild, auténtica impulsora de esta idea. Esta exejecutiva de telecomunicaciones, casada con un descendiente del linaje bancario de los Rothschild, creó el foro ‘Capitalismo inclusivo’ para promover la visión de que las empresas deben dejar de tener su foco exclusivo en el beneficio para accionista.

                         Lady Lynn Forester de Rothschild es la proponente del «Capitalismo Inclusivo»
Entre quienes asistieron a la conferencia convocada por Lady Lynn de Rothschild, se cuentan a Carlos, príncipe de Gales, el expresidente de EE.UU. Bill Clinton, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, y el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney. Lagarde reflexionó sobre el alcance de la expresión ‘capitalismo inclusivo’ y se hizo una doble pregunta: «¿Es un concepto contradictorio? ¿o es la respuesta que, en contra de lo que pronosticaba el marxismo, permitirá que el capitalismo se reinvente y sobreviva?». Lagarde concluyó es la oportunidad de reinventar el capitalismo para que perdure. El capitalismo financiero de ‘El lobo de Wall Street’ (película de Martin Scorsese, 2013) y su estallido en la Gran Recesión del 2008 habían incrementado  la desigualdad, provocando ira de los sectores de clase media contra la élite política y económica.

                  El “Capitalismo Inclusivo” es la respuesta a las denuncias y demandas de los indignados
Lagarde habló de la desigualdad social y de la, a su juicio, bien merecida pérdida de reputación que se había ganado el sector financiero por sus excesos. También se refirió a «la exclusión de la mujer, el desprecio por el medio ambiente y la responsabilidad social de las empresas». Y advirtió de la necesidad de un cambio en las reglas del juego, favoreciendo a la mayoría y no solo a unos pocos, «premiando una participación amplia (en los beneficios del capitalismo), frente al clientelismo limitado».
En definitiva, Lagarde estaba llamando a una reinvención del capitalismo a vida o muerte, de dimensiones similares a la que ya se produjo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se fraguó el gran pacto social por el estado de bienestar. Una nueva reinvención capaz de alejar a las democracias occidentales del populismo y de la fractura del descontento social que en el pasado reciente tomó forma en Francia en el movimiento de los chalecos amarillos, en 2018, como también promueve el Foro Económico Mundial, con un sistema capitalista de nueva generación.
El capitalismo tiene que demostrarle a la sociedad en general que es un bosque que genera prosperidad y crecimiento dinámico. A causa de los escándalos de los últimos  años de la primera década de este siglo XXI y debido a la creciente desigualdad, son las empresas las que deben demostrar que lo que es bueno para la sociedad es también bueno para los negocios. La responsabilidad está en nosotros, en la comunidad empresarial y los inversionistas. El capitalismo inclusivo no es distinto del capitalismo consciente o el capitalismo progresista. Es un esfuerzo por dar a entender que el capitalismo es parte de una mejora de base amplia para toda la sociedad, que no está solo. El Capitalismo Inclusivo es buen capitalismo, en el cual se subsumirá la Economía Social y Solidaria.
Aunque el capitalismo malo está aún manipulando las tasas Libor, está vendiendo instrumentos que son inversiones impropias para su inversor. Éste trata de tomar ventaja de los trabajadores y no se preocupa por la sostenibilidad de su cadena de suministro. Hay un montón de cosas que son mal capitalismo. Es por eso que vemos tan poca confianza por parte del público general en el capitalismo, porque por mucho tiempo los empresarios han permitido un mal comportamiento, y al fin comienzan a reconocer que han hecho mal algunas cosas.
El capitalismo se ha convertido en una cultura económica que ha dejado de preocuparse por las generaciones futuras,  sacrificando tan a la ligera los intereses de la gente y el florecimiento de largo plazo del mundo. Si el capitalismo se trata de valor, no sólo el costo, debiera ser un factor en los intereses de nuestros nietos y sus nietos, que dependerán de lo que investigamos, invertimos y nos comprometemos hoy. Los antiguos capitalistas invirtieron y apostaron por un futuro que ellos no verían. Un capitalista tradicional replicará: «No me culpes si una cultura del corto plazo engendra capitalismo a corto plazo».
El capitalismo es por lo general demasiado modesto respecto de su impacto y demasiado rápido a la hora de negar su responsabilidad. Hemos vivido tanto tiempo con el capitalismo que nos ha enseñado lo que somos y cómo comportarnos, pero su antropología es demasiado estrecha para enseñarnos a vivir bien. El capitalismo es un complejo de ideas y prácticas en conflicto entre sí. La creatividad de esa tensión ha dado al mundo innumerables cosas buenas. Pero la tensión es inherentemente inestable y el capitalismo global de hoy se ha negociado tensión creativa para cortoplacismo inestable. La necesidad más urgente es que el capitalismo recupere la idea de justicia intergeneracional, la creencia de que vale la pena invertir en la actualidad pensando en los tataranietos.
Cuando las personas se privan de algunos privilegios para invertir ese dinero, con la esperanza de obtener beneficios al proveer bienes y servicios que las personas necesitarán a futuro, lo llamamos capitalismo. Se ha generado una riqueza que ha sacado a gran parte de la humanidad de la subsistencia y el hambre y nos ha permitido financiar medicinas para salvar vidas, educación y artes, así como las oportunidades y las comodidades materiales.
Así como la democracia puede ser corrompida por el populismo represivo o el socialismo ‘científico’, el capitalismo puede pervertirse por la «búsqueda de rentas», cuando las personas buscan obtener mayores ganancias de los bienes y servicios necesarios. A veces utilizan su influencia política para sostener monopolios o para impedir el ingreso de nuevos participantes. A veces se utilizan los gobiernos para proporcionar subsidios de los contribuyentes, o para prohibir importaciones más baratas. A veces incluso llegan a acuerdos con los gobiernos para usar dinero de los contribuyentes como cojín para tapar las pérdidas provocadas por su incompetencia o descuido. Estas formas de capitalismo le juegan en contra a los logros reales del capitalismo.
Lo que el capitalismo debe ahora hacer es liberarse de estas perversiones y extender sus beneficios lo más ampliamente posible. Se debe actuar contra las prácticas contrarias a la competencia para darle a la gente el poder de la libre elección. Se debe distribuir la propiedad del capital y la inversión lo más ampliamente posible a través de las cosas como las pensiones personales y cuentas de ahorro individuales. Se deben reducir las barreras de entrada para que todos puedan aspirar a crear una empresa y se debe buscar un sistema fiscal que premie el éxito en vez de castigarlo.
El capitalismo debe convertirse en inclusivo, para que sea lo más fácil y lo más atractivo posible para el mayor número de personas. Un estudio de 2011 en New Scientist reveló que 147 «grandes entidades» controlaban el 40 % de 43.060 empresas transnacionales y el 60 % de sus ingresos. El estudio se basó en los accionistas y directores, pero no revela la propiedad y control oculto detrás de estas empresas, fideicomisos y fundaciones benéficas. La evidencia sugiere que el capital podría estar aún más concentrado que lo que indica el estudio.
Este poder sin estado domina la política, los medios de comunicación y la educación. El capitalismo financiero pretende rentabilizar y controlarlo todo, influir en la legislación para regular a su favor. El poder sin estado se extrae de tres defectos fundamentales del sistema económico, el cual evolucionó en beneficio de la clase dominante durante siglos:
a. La captura privada del valor de la tierra, los recursos y otros bienes comunes como el agua, el espectro radioeléctrico, los genes, la naturaleza y el conocimiento, regalos de la naturaleza o de Dios para el disfrute de todos los seres humanos. El valor de estos bienes debe ser compartido y beneficiar a todos, para financiar los servicios públicos y otorgar un dividendo incondicional a los ciudadanos. El interés por el dinero no genera riqueza sino que sistémicamente impulsa la desigualdad, la destrucción del medio ambiente, los conflictos y el crecimiento insostenible de la deuda.
b. La deuda debe ser inaplicable en el derecho y la usura -préstamo de dinero a interés-, ilegal. La deuda debe volver a aportar a la construcción social en lugar de su actual papel como facilitador para la extracción de la riqueza, la explotación y la opresión.
c. El aumento de la mecanización y la tecnología han vuelto el empleo pleno algo inalcanzable, innecesario e indeseable. El significado de la vida no puede estar condicionado a un empleo remunerado, sino que es un derecho de todos y debe proporcionarse en forma de dividendos incondicionales suficientes para una vida digna.
El nuevo pacto social que se requiere, debe establecerse, sobre todo, en el ámbito de la empresa, con una mayor distribución de su valor agregado en favor de empleados, clientes, proveedores y la sociedad en general, y un menor impacto sobre los recursos naturales y el medio ambiente. Aquí entra la lucha contra la precarización del empleo. También, desplazar el foco desde el accionista hacia el cliente, aunque solo sea porque la satisfacción de éste es la mejor garantía para el dividendo sostenible. Además, un  emergente pacto social post COVID-19, debería contemplar el fortalecimiento de los ingresos del Estado vía impuestos, para favorecer políticas públicas a favor de la incorporación laboral de la mujer, contra la pobreza y en apoyo del colectivo con mayor riesgo de exclusión como son los jóvenes y los ancianos.
Lo que no se mide, no se conoce y no se puede mejorar, es la célebre máxima acuñada por Peter Drucker. Desde este punto de vista, urge poder medir la contribución de la empresa a los objetivos ‘ASG’ (ambientales, sociales y de gobierno) que están en la esencia del Capitalismo Inclusivo, pero no es fácil. Hay diferentes intentos. Alguno de ellos, desde la OCDE. También se busca su medición a partir de los indicadores que las grandes corporaciones van configurando poco a poco en sus reportes de información no financiera, como revela el tercer estudio de EY sobre esta materia.
Las grandes corporaciones informan en estos reportes sobre cuestiones ambientales, impacto social y de talento -incluida la brecha salarial de género-, derechos humanos, medidas de lucha contra la corrupción y el soborno y compromiso con las Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU, el auténtico ‘catecismo’ del Capitalismo Inclusivo o Economía Solidaria. Sin embargo, los indicadores que usan unas y otras compañías no siempre son homologables, ni medibles, ni comparables. La fundación CODESPA está impulsando el proyecto ‘Prosper4ALL‘, como herramienta de medición del impacto social en empleados, proveedores, consumidores y comunidades locales que, además permita otorgar algún tipo de distintivo a las empresas que asumen estos compromisos.
El Capitalismo Inclusivo que subsume a la economía solidaria es la alternativa para reconstruir un sistema en el que se combinen los aspectos positivos de la libertad, con los de la justicia social, como lo  expresó el papa Francisco en diciembre de 2020 durante la juramentación de los Guardianes del Capitalismo Inclusivo, en Ciudad del Vaticano. Un orden que sostenga los aspectos creativos del capitalismo productivo, regenerando instituciones, políticas y ámbitos de interacción social para que los beneficios se distribuyan de modo amplio en la sociedad con paz y seguridad. La posibilidad parece inalcanzable en el corto y mediano plazo, pero lo seguro es que sería un modo concreto para reconstruir algo de la armonía y paz social, y recuperar la legitimidad del sistema económico con una proyección integral e integradora.

              El papa Francisco lidera los Guardianes del Capitalismo Inclusivo


ORIGEN AUTORAL: Rosa Sánchez

PUBLICACIÓN:   www.LAOPINIONDEMURCIA.es

RECOPILACIÓN: www.AMBIDEXTRAS.org