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Habría que comenzar diciendo que la novela 1984 del escritor George Orwell está fuertemente influida por tres episodios de su vida: 1) su actuación como oficial de la Policía Imperial India en Birmania, 2) su experiencia en la mendicidad y desempeñando oficios mal remunerados en los suburbios de Londres y París y 3) su intervención en la Guerra Civil española, donde siendo miliciano en el bando republicano casi muere. Estos acontecimientos hicieron que Orwell pasara de una postura antiimperialista a otra anti-totalitarista, en la que condenaba por igual el fascismo y al socialismo.

Winston Smith, el protagonista de 1984, es un personaje que la novela lo lleva desde la abulia de ser un funcionario del Ministerio de la Verdad —cooperante del sistema— hasta la rebelión que le costará la vida, una conjura más bien íntima, personal. Podría verse en ello una crítica de Orwell a sublevaciones privadas, inútiles, razón por la cual el mismo Winston dirá que «si hay alguna esperanza, radica en los proles», en la insurrección de masas. Winston, en cuanto héroe, protagonizará una épica velada que terminará en aparente fracaso.

El inicio de su periplo como héroe tiene un origen en el recuerdo de la madre, la evocación ancestral. Orwell nos deja, casi de pasada y en unas desteñidas pinceladas, un rasgo fundamental de la resistencia a todo sistema totalitario; como lo es la memoria, en particular, esa que Azorín gustaba llamar la petite histoire, la crónica local. Por ello, el Ministerio de la Verdad gastará esfuerzos ingentes en destruir y tergiversar la historia, y Winston es un agente acucioso de dicho proyecto.

Cuando Winston empieza a sospechar que el Gran Hermano y su sistema son una farsa, inicia su expedición a la verdad. Quizá su acto de rebeldía más notable sea el amor, enamorarse de Julia, una chica que ha hecho los mismos hallazgos que él. Ambos, incautamente, ingresan a la Hermandad del misterioso Goldstein, un grupo en apariencia de la resistencia, pero que termina siendo otro brazo de la Policía del Pensamiento.

Julia y Winston llegarán a comprender los mecanismos sórdidos del totalitarismo. El Gran Hermano, omnipresente y omnipotente; la neolengua: nada existe si no está en léxico del ‘Gran Hermano’; el doble-pensar, que recientemente se ha denominado posverdad; el Partido: extensión corpórea del ‘Gran Hermano’; la tele-pantalla o los ojos y oídos del ‘Gran Hermano’ como símbolo de su ubicuidad; la Policía del Pensamiento, como seguridad del Estado policial; el crimen-pensar: la criminalización del criterio; el Amor Fraterno al Gran Hermano: correlato del pensamiento único; los ministerios para el andamiaje una sociedad totalitario y totalizada; y el subterfugio de una disidencia acomodaticia a los intereses del Gran Hermano.

Todo este conocimiento no salvará a Julia y a Winston. Saber tanto del IngSoc, la ideología reinante en el Estado socialista de Oceanía, no servirá para que se protejan de la perversidad de dicho Estado. Al final de la obra, presos y torturados, tienen un breve encuentro en el cual la distancia y el desafecto nos confirman que el Gran Hermano ha triunfado, se ha interpuesto entre ambos. Orwell pareciera decirnos que, sin importar cuánto sepamos del totalitarismo, siempre seremos susceptibles de rompernos las narices contra sus muros.

                         IngSoc (socialismo inglés) en idioma ficticio es la ideología del partido en 1984

Los momentos finales de Winston son dramáticos, absurdos, inútiles y de una esterilidad que no dejan impasible al lector. Siempre supo cómo moriría. Las palabras con que Orwell cierra la novela son desoladoras: «Amaba al Gran Hermano». Una épica del absurdo, ¿pero acaso hay otra épica posible en un Estado socialista? Para el autor, la esperanza no está en la épica de un solitario, sino en la epopeya de la masa, de los proles.

Hay, sin embargo, unos matices que deja desperdigados la genialidad de Orwell cerrando su magistral obra. Winston comprendía que «no se había producido [en él] la cicatrización final e indispensable, el cambio salvador», que aún lograba recelar de la verdad del Partido. ¡Sabía que podía dudar!, expresión altísima del logos, y su último recuerdo antes de morir es una habitación luminosa donde él y su madre juegan y ríen, en tanto su hermanita ríe de verlos. Orwell nos entrega una escena concluyente de la novela repleta de signos y símbolos, casi la alegoría del hombre que triunfa en su fracaso.


ORIGEN AUTORAL:  Jerónimo Alayón

PUBLICACIÓN: www.ELNACIONAL.com

RECOPILACIÓN: www.AMBIDEXTRAS.org