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Generaciones ‘millennial’ y ‘covid’ en riesgo societal

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Cuando el presente es sombrío, el futuro es siempre un lugar tentador donde ir a calmar las ansiedades, una promesa de consuelo para muchos; o como lo expresó el escritor Herbert George Wells a través de uno de sus personajes: «La crisis de hoy es el chiste de mañana». Ese pasaje de la literatura, podría motivarnos a entender el inicio de una carrera laboral en nuestras vidas, especialmente cuando nos azota una crisis económica. Cuando la economía se enferma, los periódicos y las televisiones se llenan de gráficos de curvas y barras. La mayoría entendemos de inmediato, que cuando las líneas rojas de los gráficos van hacia abajo, es que vienen años duros; pero cuando suben con colores verdes, lo peor ha pasado.  La vida sigue igual, pensamos.

Sin embargo, la vida no seguirá igual. Al menos, no igual para todos, como para los jóvenes. Las generaciones que comienzan a trabajar en tiempos de recesión quedan dañadas, incluso cuando la crisis termina, y algunos de por vida, advierten los expertos. Es como el dolor de un miembro amputado, que permanece y hormiguea durante años, pese a que la causa ya no está ahí. Dolor fantasma, lo llaman los médicos. Histéresis, dicen los economistas. El concepto de  histéresis en relación a la dinámica laboral, se refiere a que el aumento de la tasa de paro o desempleo en medio de una recesión es normal, y que el desempleo per se es inherente a la imperfección del mercado laboral, y que aun sin crisis económica o en cualquier coyuntura siempre se tendrá una tasa fluctuante de desempleo de manera recurrente o cíclica, la cual es difícil controlar o disminuir.

«Muchas de las personas que entran en el mercado de trabajo durante una crisis no sólo sufren un mayor riesgo de desempleo y subempleo durante ese período, sino que ven frustrado su porvenir. Esa caída transitoria de ingresos tiene una alta probabilidad de tener efectos permanentes», advierte Ignacio González, investigador y profesor de Economía de la American University en Washington D.C., Estados Unidos. El primer impacto de la crisis económica en lo laboral, es que ocasiona alta competencia por los escasos puestos de trabajo, especialmente si se agrega el desempleo intrínseco por histéresis. Y los jóvenes comienzan a escuchar argumentos repetidos. «No te contrato porque no tienes experiencia suficiente», recuerda González. Y con el paso del tiempo eso se convierte en: «No te contrato porque tienes espacios en blanco en tu CV», advierte González.

Pero cuando acaba la recesión, el argumento pasa a ser: «No te contrato porque, en realidad, puedo tener a alguien más joven con la misma experiencia», continúa diciendo González. De alguna manera, ya están marcados y acaban por convertirse en perfiles inexpertos para puestos acordes a los de su edad, y en candidatos demasiado mayores para competir con los nuevos jóvenes por esos puestos de bajo nivel y escaso salario.

                                La limitación del mercado laboral altera los Proyectos de Vida
Recordemos que toda maldición, va acompañada de su profecía. «A partir de ahí, es muy probable que sus carreras laborales acaben caracterizándose por trabajos intermitentes o de escasa calidad, sufriendo una caída de ingresos que condiciona toda su vida», sentencia el profesor González. «Estas personas acumulan menos ahorros, tienen dificultades para acceder a la vivienda en propiedad, debido a que su escaso ahorro se va en el alquiler y tampoco les van a dar un crédito por su discontinuo historial laboral y, en general, ven truncados sus planes de vida y de formación de familia, con todos los problemas psicológicos que van asociados a ello», explica el economista González de la American University.
«¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol» (Eclesiastés 1:9). A su manera, la ciencia económica sigue la misma lógica que ese proverbio bíblico. Cuando un economista te habla de lo que va a pasar en el futuro, suele tener su cabeza en el pasado, en la evidencia acumulada. Los académicos Hannes Schwandt y Till  von Wachter de Northwestern University y de la Universidad de California de Los Ángeles en EE.UU., respectivamente; en un estudio reciente de los registros estadísticos de EE.UU. comprobaron la lógica del proverbio bíblico en relación al desarrollo de la vida laboral de cuatro millones de estadounidenses nacidos al final de la década de los cincuenta y pertenecientes a la generación BABY BOOMER (nacidos de 1946 a 1964),  que se insertaron al mercado de trabajo durante la crisis de 1982.
Como si fueran fantasmas del Cuento de Navidad de Charles Dickens, a esa generación los llevaron de la mano, aunque experimentaron ansiedad en sus primeras experiencias laborales, tuvieron crecimiento en sus salarios, disfrutaron de momentos felices (compra de automóvil, vivienda, bodas e hijos) y pasaron también por sus días aciagos (alcohol, divorcios, enfermedades, depresiones, etc.) hasta llegar con ellos a la vejez e, incluso, al final de sus vidas. Schwandt y von Wachter compararon sus trayectorias con las generaciones colindantes a ellos, pero cuyo recorrido por el camino laboral comenzó en tiempos mejores. Poco más de un año de recesión –entre julio de 1981 y noviembre de 1982-, según la Reserva Federal, provocó que aquellos desafortunados jóvenes acumularan unas pérdidas de ingresos media de un 9 %, solo en los primeros 10 o 15 años, según los cálculos de los académicos, siendo peor para los trabajadores con menos formación.
Esto significó que sus pérdidas en ese periodo de más de una década pudieron oscilar entre los 19.000 y los 36.000 dólares a precios actuales, según la investigación de Schwandt y von Wachter. Pero no solo eso, al llegar al corte de edad de 50-54 años, se observó que habían tenido menos matrimonios y, al mismo tiempo, sufrido más divorcios. Y sus posibilidades de tener un hijo también fueron inferiores a las de las otras generaciones. El deterioro de su vida también llegó a su salud, es otro hallazgo clave de la investigación. Su esperanza de vida se había recortado de seis a nueve meses respecto a la media esperada. El efecto que tuvo la crisis fue de «una muerte adicional cada 10.000 personas por cada punto porcentual de aumento en la tasa de desempleo» en sus inicios laborales. «Estos aumentos de la mortalidad derivaban principalmente de enfermedades relacionadas con conductas poco saludables como fumar, beber y mala alimentación. En particular, descubrimos un riesgo significativamente mayor de muerte por sobredosis de drogas y otras conocidas como ‘muertes por desesperación’ (suicidios y deterioro por adicciones)», explica Schwandt.
La crisis desaparece y los daños permanecen. Estos hallazgos no le sorprenden a Rosa Urbanos-Garrido, profesora de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, quien estudió los efectos que tuvo sobre la salud de los españoles la Gran Recesión de 2008. «El desempleo suele asociarse con problemas relacionados con la salud mental»,  explica. «Depresión, ansiedad, el miedo a no poder ganarse la vida influye, pero el trabajo es también una plataforma de contactos sociales y de autoestima», reflexiona. Urbanos-Garrido cuenta como al principio de encontrarse en una situación de desempleo, la salud general puede incluso mejorar, pero poco a poco la sensación de angustia va creciendo y, para muchos, la falta de empleo acaba siendo una obsesión que va quitándole color e importancia al resto de la vida, incluida la salud.
«Al principio, el estrés desciende al tener más tiempo libre y se benefician de no sufrir enfermedades relacionadas con el trabajo; pero a medida que la situación de desempleo se alarga su estado se va deteriorando en forma de ansiedad, consumo de alcohol, de tabaco, obesidad y mala alimentación en general, se va descuidando, pero el individuo sigue reportando que su salud es buena, y sus pensamientos están en su situación laboral y lo demás no lo considera un problema», explica. También advierte: «Si el problema no es individual, sino una situación general de crisis, los problemas mentales se agravan», relata. Como si se tratara de un contagio de desesperanza para el que no hay mascarillas.
Fernando tiene pareja y un niño de dos años. Fernando ha sido conductor de autobús, vigilante de seguridad y albañil, la mayoría de las veces en la economía informal. Fernando y su familia se fueron a vivir hace un año con sus padres a Soria en España, porque perdió su trabajo y sus ahorros no eran suficientes. Fernando, 34 años, dice que siente vergüenza. «Fíjate tú, vergüenza, con lo joven que empecé a trabajar. Pero me ocurre», dice. Marta es también española, joven de 23 años. Es ingeniera biomédica y además tiene un máster. Hace una semana publicaba en su cuenta LinkedIn: «Actualizo mi CV, no hay respuesta; adapto mi CV para la posición a la que aplico, no hay respuesta; escribo a empresas y trato de ser proactiva, no hay respuesta. Me siento invisible»«No se nos valora», dice Marta. «Vemos frustrados nuestros sueños y nuestro futuro», se lamenta, y aunque asume que la crisis sanitaria influye, no parece muy convencida de que sea el único motivo. «Coincidimos todos -dice refiriéndose a sus amigos-, en que es imposible la emancipación del hogar de nuestros progenitores, acceder a una vivienda, y digamos que a formar algún día una familia».
He ahí la correlación de la Gran Recesión de 2008, en la primera década del siglo XXI, con la crisis de la COVID-19 en 2020, al inicio de la tercera década. Dos desconocidos como Fernando y a Marta, uno, de la generación MILLENNIAL; la otra, de la generación Z; no están solos. Parecen representar los sentimientos de muchos. Basta con escribir en el buscador de alguna red social «A mi edad, mis padres…», y encontraremos que los mensajes de respuesta se repiten en varios idiomas: «A mi edad, mis padres tenían trabajo y casa, yo solo tengo ansiedad»; «A mi edad mi padre tenía dos hijos, casa, trabajo fijo, automóvil y varios años cotizados, y yo no tengo nada de eso»; «A mi edad, mi padre tenía cotizados 10 años, y yo vivo de trabajos precarios y en una habitación». La crisis sanitaria es evidencia ya, de una nueva crisis mundial. La segunda en tres décadas para una generación atrapada, como los MILLENNIALS, nacidos entre 1981 y 1993, y otra que va a recoger su testigo, son los Z (nacidos de 1994 a 2010), que ya teme ser mejor conocida como la generación COVID.
«Yo creo que el bicho este ha sido la puntilla para nuestra generación», dice Fernando refiriéndose al coronavirus. «Hay un número notable de trabajadores que, como consecuencia de haber sufrido desempleo en la anterior crisis y no haberse consolidado en un puesto de trabajo, también lo están sufriendo en ésta», observa el catedrático González, de la American University. «Hay mercados laborales, como el español, que nunca llegaron a recuperarse completamente, por lo que iniciamos esta crisis con unos niveles de desempleo muy altos», señala.
Es decir, está hablando de vidas con problemas desde hace una década. Así, si la crisis de 1982 tuvo efectos en las vidas de aquellos jóvenes, ¿qué se puede esperar de la crisis de 2008, definida por el Fondo Monetario Internacional como «el colapso económico y financiero más grave después de la Gran Depresión de la década de 1930»?. Para esta del coronavirus, el Banco Mundial pronostica que el PIB se contraiga más del doble en relación a la Gran Recesión de 2008.
Algunos expertos ya ven algunos daños en la vida de la generación MILLENNIAL, que se podrán apreciar haciendo una especie de recorrido por las regiones geográficas  del desastre. En Europa, el desempleo y precariedad laboral eran ya mayores antes de la crisis de la COVID-19, que los sufridos por la generación que les precede cuando tenían su misma edad como se ilustra en el siguiente gráfico, según un informe del centro de investigación CaixaBank Research.
             Misérrimo mercado laboral para la generación MILLENNIAL en el Espacio Económico Europeo
En España, la generación MILLENNIAL dispone de activos individuales propios en promedio  por 3.000 euros, frente a los 63.400 euros de los que disponían entonces sus homólogos de la generación X (nacidos de 1965 a 1980). Un 44% de los MILLENNNIALS tiene vivienda frente al 65% de la generación X, según los datos de CaixaBank Research para España. Y en Reino Unido, un tercio de los MILLENNIALS nunca podrá permitirse una vivienda, según el think tank Resolution Foundation.
En EE.UU., la riqueza neta mediana (activos financieros e inmobiliarios menos las deudas) de los MILLENNIALS entre 25 y 34 años para 2016, fue un 60% inferior de la que disponía un joven de la generación X para la misma franja de edad señalada. Y el número de MILLENNIALS con vivienda propia en EE.UU. es 8 puntos porcentuales menor con respecto a la anterior generación, según el centro de investigación The Urban Institute.
En América Latina la crisis de 2008 pasó desapercibida, pues la región se encontraba en un momento de creciente prosperidad. Y, sin embargo, «el porcentaje de latinoamericanos que declararon no tener suficiente dinero para procurarse una vivienda creció en casi 20 puntos entre 2012 y 2019 hasta alcanzar un alarmante 40 %», según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Sin embargo, esta vez la crisis no va a pasar de largo, porque el BID ya reporta que cerca del 65 % de los hogares más pobres de la región había sufrido al menos una pérdida de empleo entre los miembros de la familia. “Más de un millón de estudiantes dejarán los estudios debido a la pandemia, con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo en el futuro”, señala el BID.
Algunos estudios pronostican un cuantioso daño socioeconómico para las nuevas generaciones a nivel mundial por la dinámica laboral y el subempleo, como señala el Instituto Brookings, con sede en Washington. Y hasta el Foro Económico Mundial ve peligrar las pensiones para el año 2050, cuando llegue la edad de retiro para los de la generación MILLENNIAL, debido a su escaso ahorro. ¿Se puede hacer algo para detener esa aparente cuesta abajo de la generación MILLENNIAL y sus sucesores?
 «Hay mucho margen para mejorar una respuesta», afirma el economista  González desde Washington D.C. «En este contexto de estrés financiero para muchas familias, es fundamental diseñar políticas públicas que garanticen el acceso a una vivienda asequible y establecer mecanismos de transferencias de rentas desvinculados del historial laboral, como las rentas mínimas. En materia laboral, el objetivo sería evitar que la precariedad laboral y la caída de ingresos que sufren muchas personas durante la crisis se perpetúen y, por supuesto, que eso no condicione a la baja sus futuras pensiones», explica. «Los afectados en estas generaciones, con dos crisis consecutivas, lo van a tener difícil sino se habilitan mecanismos de redistribución, tanto intergeneracional, y de ricos a pobres dentro de una misma generación», precisa. 
La profesora Urbanos-Garrido desde Madrid, concuerda en las medidas de transferencias de rentas, y añade: «Los sistemas de salud también deberían adaptarse para atender los crecientes problemas mentales que, probablemente, se van a repetir en la presente crisis». No parece muy claro que las generaciones MILLENNIAL y Z tengan esperanza en recibir alguna ayuda. Una reciente encuesta realizada por la Universidad de Cambridge a casi cinco millones de personas, reveló que los jóvenes de 18 a 34 años son los más desilusionados con el funcionamiento de la democracia. «Esta es la primera generación de la que se tiene memoria en la que una mayoría global se muestra insatisfecha [en esa franja de edad] con la forma en que funciona la democracia», alerta Roberto Foa, autor principal del informe de esa universidad británica.

ORIGEN AUTORAL: Jesús Moreno
PUBLICACIÓN: www.BBC.com
RECOPILACIÓN: www.AMBIDEXTRAS.org